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domingo, 25 de abril de 2010

Semiología del poema y los relatos de la Ciudad del Viento

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Los puentes de la ciudad son las cuerdas de una orquesta que unen el alma con el cuerpo. Las cuerdas son la continuidad y el carácter, lo que integra y comunica. La celesta son las crestas doradas de aguas  rizadas por los vientos que viajan por el  río. Los vientos de las maderas son la palabra, el mensaje que expresa lo habitual. Las flautas son la naturaleza y los pájaros, están en el cielo. Los bronces (metales) marcan los hitos, los motivos relevantes, son el impacto de las ideas. Los timbales son el caos ordenado del constante cambio y la intensidad de estos. Los platillos son olas que rompen en la costa, castigando el silencio de la arena una y otra vez. La sabiduría está en las maderas graves, la voz profunda del fagot que habla con sosiego e introduce los motivos, junto a la voz joven del clarinete y la voz y clara del oboe.
La Diosa Enki, benevolente con los hombres, creó la tierra que es la melodía y la sonoridad, o tal vez donde resuena la orquesta, lucha contra Enlil, que la socava con tempestades, él es dueño de los timbales y los platillos. Cuando está sereno, canta con la celesta y las crestas doradas de las aguas, que con la fuerza del viento se transforman en tempestad

sábado, 17 de abril de 2010

- La Niña de los Ojos de Luna Llena. De cómo nació la Ciudad del Viento

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Una niña de cabellos rizados descubrió esta flor silvestre creciendo en los arenales del río, justo junto a mi banco de arena donde vivíamos mi oboe y yo; me habló con voz suave y quebradiza diciendo: "mira, aquí crecerá una ciudad, La Ciudad del Viento". Mientras yo la contemplaba y veía como la flor pequeña se multiplicaba por miles.
Hoy eso es una ciudad de flores, viento, música y agua que lava mi rostro. En el banco de arena que ella descubrió la primera flor he dejado anclado mi barco. Poco a poco fuí bajando a los arenales mis pertenencias de años y ocupando el espacio llano con cosas inútiles, y así  -sin darme cuenta- fuí quitando espacio a mi oboe hasta casi dejarlo en el extremo más lejano del arenal. Las flores se confundían con mis desperdicios y cada vez dedicaba menos tiempo a escuchar la voz de la niña de cabellos rizados, que me hablaba de que cada día nacían miles de flores más. Confundido y desorientado por mi tormenta y esos miles de flores, olvidé que era mi oboe quien cada mañana cantaba a esta ciudad de flores que nacían. Entonces  fuí en su búsqueda hasta el extremo del arenal.
Me desplomé al ver que al subir las aguas y el viento de la tormenta  lo habían arrastrado nuevamente y, en mi pena de abandono a mi tesoro, me sumergí en las aguas del río y nadé buscándolo.
Llevo años viviendo en los bancos de arena, los he conocido todos pero no he vuelto a ver mi oboe.
Viviré en este río hasta encontrarlo nuevamente, volveré a limpiar sus llaves y lo abrazaré firmemente otra vez, sin olvidar que sin su aroma dulce y su amor soplando a mi oído todas las flores y el río se secarán y esta ciudad ya nunca volverá a vivir. Tal vez sea devorado por la serpiente que acecha en los remansos del río o tal vez, si los años no me alcanzan,  me adentraré en el mar, dejaré atrás mi ciudad, mi bicicleta y mi barco. Entonces, veré mi cuerpo suspendido y caerá  una lágrima de mis ojos, que junto a otros millones irá a bañar la playa elevada de mi niñez.