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martes, 19 de enero de 2010

La Ciudad del Viento. Relato (2ª parte)

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De cómo conocí los bancos de arena.


Después de algunos días de mucho haber estudiado, decidí salir a conocer los lugares más lejanos al parque. Caminé buscando el río, quería respirar sobre el puente el aire abundante que corre en la tarde. Pensaba además que ahí podía haber algo interesante para mí. Siempre encuentro algo interesante donde voy.
Sin darme cuenta apuré mis pasos, quería llegar hasta ahí a la hora del mejor color de las aguas, las seis de la tarde.

Al llegar, apoyé mis brazos en las barandas del puente y comencé a ver los restos que las aguas habían arrastrado y desperdigado en los incipientes bancos de arena. Eran trozos de palos, hojas, piedras que tenían formas de animales y muchas cosas que no podía distinguir. Estuve por horas observando el ancho caudal y caminé de un extremo a otro del puente varias veces.

Justo antes de atardecer, siguiendo una gaviota que rastrojeaba en la arena, divisé un tronco con una forma muy parecida a un instrumento musical de madera; había sido arrastrado por la corriente del río y varado en un banco de arena. Yo quería verlo de más cerca, su forma me había cautivado y pensaba en cómo bajar al lecho del río a tomarlo. Fuí rápido hasta el muelle a buscar mi barco, así llegaría antes del atardecer hasta el banco de arena donde estaba el trozo de madera con forma de clarinete o algo similar.

Subí a mi barco y navegué rumbo al banco de arena, mientras iba hasta allá, me atormentaba la idea de que el agua pudiera haber arrastrado mi trozo de madera otra vez, o peor aún, que alguien más lo hubiese tomado. Estaba seguro que alguien que supiera de instrumentos musicales se fijaría en él.

No puede lograr llegar de día, para cuando llegué ya oscurecía en el río. Cuando solté el ancla, mi corazón saltaba y yo respiraba agitado.

Encendí las luces del barco apuntando hacia el banco de arena y ahí estaba él, sentí alivio, este viaje desde la orilla habia durado mucho tiempo y yo estaba agotado y ansioso.

Al bajar me di cuenta que lo que yo había visto no era un trozo de madera cualquiera. De alguna manera el río había arrastrado un oboe. No quería tomarlo hasta observar su forma yaciendo sobre la arena, estaba marcado por los signos de haber pasado tiempo sumergido, arrastrado entre ramas y piedras, pero conservaba el brillo de sus llaves. Puse mis rodillas en la arena y me acerqué a sentir el olor de su madera, era dulce.

Tuve temor de tomarlo con mis manos, creí que podría desarmarse al estar reblandecido por el agua. Mi ansiedad era mucha.

Extendí mis manos con cuidado y pasé mis dedos sobre él, sentí alivio nuevamente; entonces me atreví a levantarlo. Fue un instante de trance, sentí la vibración de su madera en mi cuerpo, el paisaje se contrajo sobre nosotros dos y el sonido del agua dejó de ser un metal filudo, los rizos de agua fueron entonces un canto suave de celesta. Tenía en mis manos un tesoro arrastrado por el río, algo que alguna vez fue tocado en una orquesta. Su dueño seguramente no había ciudado bien de él ¿Cuántos tesoros más habría a la deriva en el cauce del río?

La arena en mis rodillas estaba tibia y el oboe me dio la paz que no sentía hace años, desde haber sido un niño en brazos de mi madre. Lo acerqué a mi pecho y limpié los restos vegetales y de arena de sus llaves. No pensaba en volver a la orilla, la noche era clara y sentía el calor de la arena.

Había sido un día extraño y estaba desorientado por este objeto de misterio delirante. Sin pensarlo demasiado, decidí no volver a la orilla sino hasta el otro día. Tomé mi oboe con cuidado pero firmemente, lo abracé y me dejé caer lentamente, y junto a él me quedé mirando el cielo con el canto del agua en mis oídos, hasta dormirme en mi cuna de arena.